Grupo Mono Blanco.- Testimonios.- Una entrevista de Sergio Raúl López

                 

Tener la camisa mojada en sudor a las tres de la mañana mientras con fiereza se le rasguean ritmos frenéticos a la jarana, esperando turno para montarse en la tarima y mostrar también, a sonoros golpes de bota, qué tanto sabemos del arduo asunto del zapateo. mientras una altiva dama, con el tremendo porte que le dan un rebozo blanco y un amplio abanico, persigue al par, sonriendo, la percusión de nuestro baile. Calor es el aire costeño de la interminable madrugada, sed que no se calma, por prendarse de esa melancolía tan honda que desgarra el calor festivo del son.

Ese fandango, la noche convertida en gozo puro, en puro gozo, de un género que ha recobrado su identidad, que ha reinvindicado su orgullo de casi tres siglos de existencia, el son jarocho.

Y entre los innumerables sombreros de cuatro pedradas que infestan el lugar, algún jaranero, orgulloso, se siente en casa, sabe que ha recobrado su casa y ello le basta. Gilberto Gutiérrez, director del grupo Mono Blanco, quizás el más emblemático del género, asociación que reúne a músicos con su espectro amplísimo de varias generaciones, está contento.

El Mono Blanco está de fiesta, veinte años han transcurrido por su existencia, a lo largo de la cual han editado cuatro grabaciones, Sones Jarochos con Don Arcadio Hidalgo y el Grupo Mono Blanco (RCA-Victor, descontinuado), Sones Jarochos con don Arcadio Hidalgo y el Grupo Mono Blanco (Pentagrama), Al Primer Canto del Gallo (Pentagrama) y Sin Tener que Decir Nada (Pentagrama), han editado el libro La Versada de Arcadio Hidalgo (FCE) y han visitado Corea, Portugal, Inglaterra, España, E.E.U.U., Francia, Holanda, Bélgica, Suecia y Marruecos, con los mismos sones con que han inundado todo Veracruz y, en general, todo nuestro país.

A escasos días de que aparezca su quinta grabación, El Mundo se Va a Acabar, Son con Son (Urtext), esta charla con Gilberto versa sobre veinte años y sobre tres siglos, es decir, de un grupo y de un género.

Incluso ahora, resulta muy difícil que un grupo de música tradicional pueda editar un disco compacto, ¿cómo surgió el proyecto de este disco que está próximo a salir?

–En la historia de Mono Blanco hemos editado cinco proyectos musicales -y los llamo así porque no salieron en disco- y vamos a celebrar nuestros veinte años con la edición de un proyecto musical que rebasa lo que es el son jarocho tradicional. Es música original nuestra y es Mono Blanco con una veintena de músicos del área de la Bahía de San Francisco que provienen de todo el mundo. La otra parte de la banda se llama Stone Lips, como los labios de las cabezas olmecas.

Tuvimos la oportunidad de reencontrarnos con la percusión de Senegal, que parece ser de gran importancia para el pasado de la música jarocha. Después de encontrar mucha afinidad con ellos, descubrimos que la mayoría de los esclavos que trajeron a Veracruz venían de Senegal. Así encontramos una raíz africana directa en el son jarocho que no pasa por el caribe y es muy interesante porque da otras expectativas en la experiencia musical.

En este proyecto pudimos mezclar los instrumentos propios del son como el arpa, la jarana o el requinto, con otros instrumentos como el cuatro venezolano, el tres cubano, las percusiones afrocaribeñas además de las africanas de Senegal y Nigeria y tocar con músicos de Perú, del Salvador, de Venezuela, de Puerto Rico, de Cuba, y la idea fue explorar las posiblidades de desarrrollo del son con músicos de otros géneros que han tenido mucho desarrollo.

Si lo comparamos con el son cubano, pues nos lleva décadas porque han tenido un desarrollo muy vigoroso y grande, con muchos talentos, muchos de ellos geniales, en todos esos años en que el son jarocho estuvo en decadencia.

Cuando los músicos jarochos se vinieron a la Ciudad de México para triunfar, en los años cincuenta, el medio estaba muy dominado por la onda Pedro Infante, Jorge Negrete y del mariachi y en mi opinión los músicos jarochos se extraviaron porque quisieron desarrollar el son hacia la onda ranchera, siendo que su desarrollo tiende más hacia la corriente afrocaribeña. Y es muy lamentable porque en ese mismo tiempo estaba sucediendo también el éxito de Benny Moré, Toña la Negra, el Negro Peregrino, pero no tuvieron relación y hubiera sido interesante porque el desarrollo que se está dando ahora apunta hacia allá.

Creo que ha partir del son jarocho podemos tener un ritmo bailable con raíces nuestras, porque todo lo que llamamos bailes de salón viene de ritmos afrocaribeños ajenos a nosotros. Puede desarrollarse de ahí, aunque el son jarocho, en la comunidad, va a mantenerse alrededor del fandango, que es su lugar común.

–¿Hacia dónde puede enriquecerse y qué tanto puede involucrarse un músico popular como los que menciona al tocar son jarocho?

-Por ejemplo, nos tocó alguna vez viajar en el autobús junto al Septeto Nacional de Ignacio Pulido de Cuba, en el primer Afrocaribeño en Cancún. Tú sabes, es bastante parecida la cultura jarocha con estos cubanos, nos identificamos y al rato ya estábamos tocando juntos y era muy chistoso porque decían "esto es un son". Especialmente hay sones muy hermanados con el montuno, con el punto guajiro cubano y siempre ha sido muy divertido tocar juntos sin que uno reclame al otro los cánones ortodoxos de cada género. Hay gente que toca La Bamba como merengue, guaguancó, diferentes ritmos que encajan bien.

–¿Qué dificultades tuvo el proceso de selección de las piezas que integrarían su primer disco compacto?

–Son composiciones mías con arreglos colectivos, pues afortunadamente nos encontramos con músicos que provienen de una gran tradición, que tienen una raíz y todos tuvieron una aportación a las piezas y el resultado nos dejó a todos muy satisfechos.

Son ocho piezas que no están hechas dentro del concepto comercial para radio, así que cada una se desarrolló dentro de sus propias necesidades.

–Nárrenos aquel primer año de existencia del grupo Mono Blanco.

–Yo crecí en Tres Zapotes cuando era jungla todavía, y mi abuelo tocaba la jarana en la casa y ahí yo me echaba mis primeros zapatazos. No vivía yo dentro de un núcleo familiar, no era un niño que pudiera participar de la fiesta porque nomás vivía con mis abuelos y mi abuela no me llevaba, pero miraba pasar a los músicos con sus jaranas.

Imagínate, por allá estaban los fandangos con don Antonio Mulato y otros músicos célebres de aquel tiempo, y luego, porque traían las pascuas a la casa, en la casa siempre hubo jaranas; mi abuelo tocaba también.

Ya como  a los siete años me llevaron a tocar a Tlacotalpan, y la mera verdad es que no había gran cosa del son, estaba el grupo de Biscola pero ya no había fandangos, ya se había perdido esa costumbre. Ocasionalmente mi papá agarraba a unos músicos en los portales en las fiestas, pero ya era el son comercial. Todas mis hermanas zapateaban porque la gente como que sí tenía orgullo de que sus hijos zapatearan.

Cuando tenía quince años me vine a la Ciudad de México a buscar fortuna; dejé casa, familia y todo y después me estabilicé y conseguí una chamba aceptable, empecé a participar de la vida urbana.

Como trabajaba en un almacén tenía muchos amigos en la colonia Doctores, de la Bondojo, del centro, y me empapé de las posadas aquí, que eran buenísimas: baile toda la noche; y de pronto caí en la peña Tecuicanime que estaba en La Roma y por fortuna tocó esa noche el grupo Canek, música mexicana de Michoacán, Jalisco, y de Tierra Caliente, y me sorprendió mucho su energía porque el ámbito de la música mexicana conocida era si acaso marimba, mariachi, jarochos y norteña. Esa noche yo salí con la firme intención de comprar un mosquito [la más aguda y pequeña de todas las jaranas].

Y buscando el mosquito encontré a Juan Pascoe que en ese tiempo tocaba en el grupo Tejón, dedicado a la música mexicana. Me hice cuate de ellos y me puse a pegarle a la  guitarra de golpe. Por esos tiempos tronó el grupo y casi inmediatamente nació Mono Blanco.

Empezamos a viajar a Veracruz, a Tres Zapotes; llevamos una grabadora chafísima y encontramos a un montón de músicos, como una bendición. Logramos reunir a Don Antonio Mulato, a Don Alfonso Tegoma, que eran de la generación de Arcadio Hidalgo. Regresamos entusiasmadísimos con un acervo de coplas grandísimo y nos dedicamos a tocar nomás son jarocho. Cada vez fuimos más a Veracruz; se nos hizo muy divertido seguir encontrando a más y más gente.

En esos tiempos fuimos a audicionar a Promoción Cultural de la SEP, en medio de músicos muy hechos, pero lo que proponíamos era muy interesante, un viraje completo a lo que hasta entonces se hablaba del son jarocho.

Era una fortuna contar con Arcadio Hidalgo, simplemente sin él no hubiera pasado todo lo que pasó, pues le dió identidad a lo que nosotros intuíamos. Pudimos caminar porque era muy entusiasta y sabía mucho del pasado, porque nació en el son a principios de siglo y nos platicaba cómo sonaba en aquellos tiempos, los instrumentos que había y del fandango: el fandango y las muchachas, el fandango.

Fue de esa manera como finalmente nos cayó el veinte de que el ombligo del jarocho es el fandango y llamamos a nuestro proyecto "El Son Jarocho a Través del Fandango". Comenzamos a organizar fandangos y se arrimó la gente.

En los primeros fandangos en Tlacotalpan ya sucedía el Encuentro de Jaraneros, pero no había los fandangos y contratábamos a los músicos de Santiago Tuxtla y traíamos gentes de los ranchos que era donde estaba viva la tradición, para zapatear. Esto lo hicimos dos años, todavía un tercero, como en 83, hasta que ya era innecesario cualquier grupo y empezamos a ir a otros lugares.

Fuimos detectando otros problemas como la falta de instrumentos. Se encontraban instrumentos de hace 50 años, y el señor que los hacía se murió sin enseñar a los que seguían, así que los siguientes instrumentos eran más malos. Yo aprendí a hacer instrumentos con Don Quirino Montalvo, de los últimos lauderos buenos. Estuve con el dos veranos. Después ya empezamos a enseñar a otras gentes en la sierra..., donde nos dejaran. Tuvimos el apoyo muy importante de Culturas Populares en el sur de Veracruz y después aparecieron los Pacmycs.

Lamentablemente esto no lo hubiéramos podido hacer desde Veracruz, este es un movimiento que nació acá en [la Ciudad de] México, gracias a que pudimos conseguir recursos para hacer este proyecto en un momento en que nadie creía nada en Veracruz. Sólo pedíamos a los ayuntamientos el espacio y ni eso nos querían dar; vendían los espacios para puestos y los fandangos los mandaban cerca de las cantinas. Han cambiado tanto las cosas que en la fiesta de Cosoliacac, con el grupo Chuchumbé, el escenario principal es un espacio para el son jarocho.

En Saltabarranca, por ejemplo, por años fue una lucha muy desigual contra cientos de watts de Los Audaces del Ritmo y del grupo Audaz, y nosotros en medio de todo eso haciendo el fandango.

–¿Cómo se veía en aquélla época a los músicos como ustedes?

–Al principio la gente nos veía medio raro porque no trabajábamos en los portales y hacíamos fandango, lo que no te da dinero, a los músicos no se les paga. A lo mejor en una boda contratan un grupo, pero los honorarios son mínimos, lo que te dan es comida, bebida, buena atención, porque la gente sí tiene aprecio. Si orita hay un fandango por ahí, los músicos van por el gusto de tocar, que es lo más grandioso de este género. Ahora nos desplazamos a festivales, a veces mal pagados, pero empieza a existir un mejor trato para esta música. Hace años uno sentía muy gacho de que a los grupos de rock y blues les pagaban muy bien y si eras un jarocho ya te discriminaban.

–¿Cúal es la diferencia, en términos estrictamente musicales, entre la música que toca gente de los portales como la Negra Graciana, y ustedes que se dedican al rescate del género?

–El rescate ya pasó a la historia, ahora viene la emoción de la cosa. La diferencia fundamental es que los grupos estamos al servicio del son, es decir, del fandango, tenemos el concepto de la improvisación musical, cada vez que tocamos un son se revienta, hay las bases y sobre eso revientas. Eso es la creatividad, tanto hacer cosas nuevas.

Ahora, es un género que ya se aprende así. Toda la generación que se hizo en los portales perdió ese sentido de improvisación en los instrumentos. El caso de Lino Chávez es muy claro, no es un sonero exactamente, tiene un lugar en la historia porque en toda la época de decadencia fue el punto de referencia, pero compras los discos grabados hace cincuenta años y uno de hace veinte y es exactamente igual, no hay improvisación y lo más notorio es que perdieron el sentimiento rítmico que te da el fandango.

Los músicos de tipo comercial (como les decimos) son ya la tercera generación, se alejaron del origen. Vas a Garibaldi y ya no tienen la rítmica ni el conocimiento.

–¿Cómo han ido incorporando instrumentos tan impensables a su dotación como quijadas, aquel gran pandero y otros?

El pandero siempre estuvo por ahí en muchos lugares, no sólo en Tlacotalpan; en Tres Zapotes la gente se robaba los gatos para el cuero de su pandero. En la tradición de El Viejo, que es como una comparsa, yo recuerdo la quijada: al primer cuerpo de caballo que encontraban tirado en la carretera le quitaban la quijada y era una experiencia tremenda porque rítmicamente era riquísimo y a la gente le impresionaba mucho.

Una ocasión hicimos el proyecto con Don Arcadio de ir a visitar a sus hermanos y a sus cuates, que no había visto como por cincuenta años. Nos fuimos a Hueyapan de Ocampo y apareció Melitón Barrientos y este señor traía un instrumento que no se conocía fuera de ahí y que ahora le decimos guitarra cuarta, o la Leona, y unas muy agudas que les decían "terceritas"; no había un instrumento con esa tesitura y lo integramos al grupo.

Después empezamos a usar unas tarimas chiquitas para no zapatear en el piso en nuestras giras y finalmente las usamos como un recurso percusivo, y más tarde encontramos el guitarrón jarocho de la zona del sureste y vino perfecto porque cumple las funciones de un bajo. Ahora, como hay mucho más grupos, están trabajando más cosas como el "marimbol".

No era raro, porque en realidad la instrumentación del son jarocho no es ortodoxa y puedes encontrar gente que tocaba un tecomate, un güiro, la armónica y cosa que se les ocurría. A lo mejor en el pasado esos instrumentos no eran tan populares, pero ahora ya se quedaron.

–¿Cuál es la dinámica de los fandangos?. Veo músicos tocando, luego zapateando y después cantando y cambiando instrumentos.

–En la actualidad las cosas se están asentando. De repente los músicos llegan como hormigas a la miel. En Tlacotalpan debería haber cuatro o cinco tarimas para fandangos porque hay demasiados músicos, demasiados bailadores. Cuando nosotros llevamos la batuta en un fandango ponemos en claro ciertas leyes que han existido: que no se cambie el bailador hasta hacer la mudanza, porque con tanta gente entra un músico, medio repiquetea La Bamba y lo corren.

–Háblenos de la relación que mantiene con musicólogos e intérpretes de música barroca que se mantienen cercanos al género.

–Bueno, como que las jaranas son las guitarras barrocas que han sobrevivido tocándose y no como una pieza rara. Desde el principio sabíamos eso, por discos o cuadros. Estuve escuchando el disco de Isabelle Villey y claro, ahí se ven las raíces del son en México, figuras, formas de rasgueo, y ahí están las bases de la música que con el tiempo tuvo su propio desarrollo.

–Mucha gente joven ya está involucrada con el movimiento. ¿Qué tanta influencia mantiene el danzón sobre ellos?

–Los primeros fandangos que organizamos en las fiestas de diciembre de Santiago Tuxtla, en la Plaza Cervantina, nuestros compañeros eran gentes de 60, 70 y hasta 80 años, y muchos de los bailadores eran literalmente acarreados a quienes transportábamos en una "combi" -incluso a veces se nos escapaban al baile del chunchaca-, pero poco a poco se empezó a poblar de caras jóvenes, y como ves todas esas muchachas guapísimas bailando...; los chavos se empezaron a arrimar.

En los fandangos hay mucha gente que baila disco, el break dance, todo lo que vaya habiendo de moda..., pero tienen un gusto por el fandango que es una tradición que va por los siglos de los siglos. Lo bonito es que te permite participar a cualquier edad, ves niños, gente mayor, mediana... Es una fiesta comunitaria y familiar.

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