
El son jarocho
es el género musical propio de la mitad sur del estado mexicano de
Veracruz; producto original, pues, de una hermosa región tropical pródiga en
frutos naturales y culturales. Una tierra abundante en donde han convergido muchos pueblos desde tiempos muy añejos: indígenas
de diversas denominaciones, españoles de otras tantas,
portugueses, italianos, negros de regiones apartadas entre sí en la vasta geografía de
África; franceses, criollos de varias partes... Baste decir que la zona, y en especial el
importante puerto de Veracruz, formaron parte durante los siglos XVI, XVII y XVIII de ese
semillero económico y cultural conocido como el Gran Caribe.
Bañada por las aguas del Golfo de México hacia el oriente, el noreste y el norte;
limitada al suroeste y al sur por Oaxaca y vecina de Chiapas y Tabasco al sureste, la zona jarocha incluye al sur las ciudades de
Coatzacoalcos y Minatitlán, más al norte la región tuxteca con
sus ciudades hermanas: San Andrés Tuxtla y Santiago Tuxtla, donde con tanto acierto se
practica el son; siguiendo hacia el norte está la cuenca del Papaloapan (Río de
las Mariposas) con su joya, Tlacotalpan, y finalmente el que siempre ha sido el principal
puerto comercial de México, Veracruz, por cuyos muelles pasó la inmensa mayoría de
quienes llegaron a estos lares provenientes de tierras lejanas.
En el rico crisol cultural de la tierra jarocha se desarrolló un son de cualidades únicas: un son bonito,
alegre, de ricos matices musicales, que invita a los danzantes a zapatear con ganas en
tarimas siempre listas para ese propósito. Se trata de música buena y agradable: buena
por la riqueza de su polifonía y por sus dificultades interpretativas; agradable por su
expresión de un gozo de vivir que admite pocos, aunque profundos, momentos de tristeza.
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El instrumento fundamental del son jarocho es la jarana, una guitarra pequeña de cinco cuerdas de las cuales tres
son dobles. Se trata, pues, de ocho cuerdas que se rasgan con fuerza para lograr un sonido
que es tanto de cuerdas como de percusión. La jarana tiene,
desde luego, variantes: mosquito, primera, segunda y tercera, que se distinguen
visualmente por su tamaño, de menor a mayor, respectivamente, y musicalmente por su tono,
variando de agudo a grave.
La línea melódica la lleva principalmente el requinto jarocho, o guitarra de son,
una pequeña guitarra de cuatro (a veces cinco) cuerdas. En
este instrumento, quizá como en ningún otro, brilla la creatividad de la improvisación
dentro de las estrictas reglas del arte del son jarocho.
De la melodía se encarga a veces, en algunos grupos, el arpa
jarocha, instrumento que también sabe acompañar el punteo de los requintos. Los
tonos bajos corren por cuenta del león o de la leona, guitarras de cuatro cuerdas de mayor espesor que la más
grande de las jaranas. En cuanto a las percusiones, la principal es, sin duda, la tarima de madera que vibra al ritmo de
un zapateado enérgico, pero abundan los panderos y las
peculiares quijadas de burro.
Oscilando entre el tosco doble sentido del son del Chuchumbé
-denunciado en 1776 por el fraile Nicolás Montero como deshonesto y escandaloso- y una
profunda lírica amorosa de evocaciones culteranas, las coplas del son
jarocho -sus estribillos y mudanzas- constituyen una
extraordinaria forma de expresión poética. La lírica jarocha se compone de ideas,
formas y versos de tan diverso origen (español, principalmente, pero también africano,
italiano, portugués, indígena...) que sólo el paso de los siglos pudo mezclar con tanto
acierto. Para muestra basta un botón:
EL SIQUISIRÍ
No me atormenta la voz,
me atormenta la ronquera,
y si no me atormentara
por los cielos la subiera,
la subiera o la bajara,
¡malhaya si no lo hiciera!
¡Ay que sí válgame Dios!
Tienes unos ojos tales,
matadores y tan bellos,
que no merecen llorar
sino que lloren por ellos.
Yo quisiera ser un santo,
pero mi genio es veloz.
El corazón de una dama
dicen que lo tengo, y no,
el corazón sin el cuerpo
¿para qué lo quiero yo?
¡Ay que sí, que no, que no!
Transité la serranía
como si fuera un leopardo;
incité mis alegrías
y te digo, sin embargo,
que tú eres la vida mía
y en la memoria te cargo.
El son jarocho alcanza su máxima
expresión durante los fandangos, fiestas
auténticamente populares, llenas de alegría, a las que concurren uno o varios
grupos de soneros y
danzantes.
Nota.- La imagen de los instrumentos jarochos (propiedad del afamado grupo "Son
de Madera") es una mala copia de una excelente fotografía de Bulmaro
Bazaldúa.